Ciudadano de todo el mundo
Un blog para estudiantes y tutores, con diversos contenidos que pueden apoyar en cuestiones personales y familiares.
domingo, 24 de mayo de 2026
Por qué educar con mano dura no funciona.
La obediencia que nace del miedo no enseña límites, solo aplaza el conflicto y debilita la relación entre padres e hijos.
Un buen grito o castigo a tiempo siempre funciona”. Esta frase aparece en conversaciones de parque, en sobremesas familiares, en comentarios lanzados casi sin pensar cuando un hijo desafía un límite una y otra vez. Como si, en el fondo, todavía necesitáramos creer que la firmeza, entendida como dureza desmedida, es la manera más eficaz de educar. Pero basta observar con algo de perspectiva la vida cotidiana en casa para ponerlo en duda.
La mano dura no siempre adopta formas extremas. A menudo se cuela en lo cotidiano: un grito cuando no se recogen los juguetes, una amenaza cuando no se apaga la pantalla, un gesto de impaciencia cuando el adolescente se niega a vestirse. Son respuestas comprensibles, humanas, que surgen del cansancio y el ritmo acelerado de vida. El problema no es que ocurran de forma puntual, sino que acaben convirtiéndose en el lenguaje habitual de la relación paternofilial. Y el lenguaje educa.
Cuando un hijo crece en un entorno donde los conflictos se gestionan desde la tensión o la amenaza, aprende que esa es la forma más correcta de responder al malestar. No necesita que nadie se lo explique: lo ve, lo siente y lo incorpora como parte natural en su manera de relacionarse. Así, cuando algo le frustra —un “no”, una espera, una norma que no le gusta— su reacción tiende a parecerse a la que ha visto tantas veces en casa: reacciona con más intensidad que reflexión, guiado por el impulso en lugar de la pausa.
A corto plazo, la dureza puede dar una sensación de eficacia. El hijo obedece, se calla o deja de hacer lo que estaba haciendo mal. Pero ¿qué ha aprendido realmente en ese momento? Muchas veces, más que entender la norma, aprende a evitar la reacción negativa del adulto. No actúa porque haya comprendido o aprendido, sino porque teme lo que puede venir después. Y eso tiene un recorrido muy limitado. Con el tiempo, esa forma de relación suele pasar factura. Aparece la resistencia, el enfado acumulado, la sensación de injusticia o incomprensión. Algunos niños responden desafiando cada vez más; otros, cerrándose en sí mismos. No todos reaccionan igual, pero en muchos casos se instala en casa una distancia entre padres e hijos: menos confianza, comunicación y vínculo emocional.
Es fácil pensar que hay hijos más difíciles que necesitan más dureza. Pero la experiencia diaria desmiente esa idea con frecuencia. Hay hijos tranquilos que reciben respuestas desproporcionadas y otros más intensos que crecen en entornos serenos. La diferencia no siempre está en el comportamiento del menor, sino en cómo el adulto lo interpreta y lo gestiona. Y ahí está uno de los puntos clave: educar no es solo corregir conductas, es enseñar a manejarlas.
La adolescencia está llena de situaciones que ponen a prueba a cualquier adulto: no querer comer o hacer las tareas escolares, no cumplir con una responsabilidad, protestar por todo o tardar una eternidad en recoger los juguetes. Son escenas repetidas en todos los hogares, pero, sin embargo, la manera de afrontarlas puede ser muy distinta.
Hay familias que entran en una escalada rápida: orden, negativa, amenaza, grito. Y hay quien, con grandes dosis de paciencia y empatía, intenta sostener el límite sin perder la calma. No es una cuestión de perfección, sino de serenidad y conciencia. Lo interesante es que, cuando se cambia la forma de acompañar las conductas que no son correctas, suele cambiar también la respuesta. A veces se confunde educar sin dureza con educar sin límites, como si la alternativa al grito fuera la permisividad, pero no es así. Los jóvenes necesitan normas claras, coherentes y sostenidas en el tiempo. Precisan saber hasta dónde pueden llegar y cuáles son las consecuencias de sus decisiones. Lo que cambia no es el límite, sino la manera de acompañarlo.
No es igual zanjar con un “se hace así porque lo digo yo” que explicar, sostener y reiterar el mensaje cuantas veces sea necesario. Tampoco equivale imponer desde el enfado a ejercer una firmeza basada en el respeto y la comprensión. Puede parecer un matiz menor, pero en la práctica marca una diferencia sustancial. También para los adultos.
La mano dura no solo afecta a los hijos; quien educa desde el enfado frecuente suele terminar agotado, atrapado en un bucle de reacción constante y mal humor. Cada conflicto se vive como una amenaza, cada desobediencia como un desafío personal. Y así, poco a poco, la convivencia se vuelve muy tensa y desagradable. Educar desde la conexión y la presencia requiere tiempo, revisar hábitos, cuestionar ideas heredadas, aceptar que no siempre se tiene la solución. Pero también abre una puerta: la de construir una relación más tranquila, más previsible, más basada en la confianza que en el miedo.
Educar nada tiene que ver con controlar, sino con acompañar, estar presentes sin invadir, marcar el camino sin empujar a gritos. No es un proceso lineal ni perfecto ya que está lleno de errores y rectificaciones. Los jóvenes no necesitan mano dura para aprender, precisan adultos capaces de sostener el límite sin perder el vínculo, que comprendan, protejan y expresen su amor.
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/actualidad/2026-05-05/por-que-educar-con-mano-dura-no-funciona.html
martes, 5 de mayo de 2026
Cinco claves para transitar por la sana desobediencia o cómo sintonizar con tu hijo adolescente
El inicio de la juventud es el período evolutivo en el que los hijos empiezan a interpretar el mundo a su manera y donde la falta de recursos hace que ambas partes adopten una comunicación violenta en la que se normalizan los gritos o las comparaciones.
Le observas con calma y mucha nostalgia y te cuesta mucho reconocer a aquel pequeñajo extremadamente comunicativo y cariñoso al que le gustaba explicarte todo aquello que hacía en el colegio o en sus entrenamientos. Ese niño que demandaba tu ayuda para comer, vestirse o hacer sus tareas escolares y te recibía a gritos cuando llegabas a casa.
Al mirarle con detenimiento, ahora ves a un joven que muestra poco interés por escucharte, que se comporta de forma rebelde y desafiante sin un motivo aparente. Que en ocasiones parece que no muestre interés por nada ni nadie y únicamente le importa lo que le pasa a él. Con variaciones de humor constantes y muy poca capacidad para la autocrítica.
Sin duda, la adolescencia es el período de desarrollo más complicado para educar y acompañar desde la serenidad. Donde las familias deben superar el duelo de aceptar que sus hijos hayan crecido a pasos agigantados y empiecen a volar del nido. No es nada fácil acompañar a un adolescente absorto en sus problemas, que se muestra reservado e insolente cuando intentas averiguar cosas de su vida. Que muestra muchas dificultades para hacer frente a la frustración y aceptar la metamorfosis de cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales a los que debe hacer frente. Que vive entre contradicciones y no sabe modular correctamente las emociones que siente a máxima intensidad.
¡Qué complicado resulta sintonizar con una persona que en ocasiones alza la voz y se muestra desagradecida! A la que le cuesta reconocer sus errores, escuchar consejos y se siente insegura y perdida. Un joven en proceso de descubrimiento, de cambio, con altas dosis de ego e impulsividad.
La adolescencia es el período evolutivo en el que los hijos e hijas empiezan a interpretar el mundo a su manera, a pensar y decidir como ellos desean. Un momento vital de sana desobediencia, lleno de primeras veces, nuevas oportunidades y mucha experimentación.
Si algo caracteriza esta etapa son las constantes disputas que se encadenan en casa: salir con los amigos, el rendimiento académico, el orden o que no lleven a cabo sus responsabilidades son algunos de los motivos que las provocan. Conversaciones llenas de reproches y amenazas que llenan a padres y madres de culpa e impotencia y que parecen romper el vínculo afectivo. En muchas ocasiones la falta de recursos hace adoptar una comunicación violenta en la que se normalizan los gritos o las comparaciones. Unas situaciones que llenan a los hijos de gran malestar emocional y les hacen sentir incomprendidos.
Las conductas desajustadas que muestran los adolescentes demandan más que nunca el apoyo y la comprensión de sus progenitores: que les ayuden a descifrar el mundo tan complejo de los adultos y les den el tiempo necesario para aprender lo que tanto necesitan. Es muy importante que sepan que sus padres están a su lado sin condición. Que se sientan queridos, escuchados y respetados. Que sepan que los adultos entienden que para ellos es muy complicado hacerse mayor. Que se les acepte tal y como son, estableciendo unas expectativas acertadas hacia ellos.
Nuestros hijos necesitan a su lado padres y madres que miren la adolescencia con optimismo y mucho respeto, que conozcan las características propias de la edad y abandonen los patrones adultocentristas que tanto les separan de ellos.
¿Cómo sintonizar con nuestros hijos adolescentes?
- 1 Estando presentes y disponibles, ofreciéndoles el tiempo y la atención que necesitan. Haciéndoles sentir valorados y apoyados. Estrechando nuevos vínculos adaptados a la edad para demostrarles a diario con nuestras muestras de afecto, nuestra confianza y amor incondicional.
- 2 Hablándoles con ganas de entenderles y convirtiéndonos en el mejor modelo comunicativo que puedan tener. Eliminando de las conversaciones las interrogaciones, sermones y juicios de valor que tanto dañan la relación.
- 3 Ayudándoles a construir una autoestima y autoconcepto sólido, enseñándoles a mirarse al espejo con afabilidad y sin miedo. Resaltando todas las virtudes que poseen e incitándoles a aceptarse tal y como son, valorando sus fortalezas y buscando respuesta a sus dificultades. Dándoles el espacio que necesitan para ir creando su nueva identidad.
- 4 Estableciendo normas y límites consensuados. Haciéndoles responsables de sus propias decisiones buscando un equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección. Permitiéndoles que descubran el mundo a su manera, respetando sus gustos, ritmos de aprendizaje y deseos. Dándoles el espacio y la intimidad que necesitan para ir construyendo su propia identidad.
- 5 Escuchando, entendiendo y validando todas las emociones por las que transitan y que tantas dificultades muestran para modular. Ayudándoles a ponerle nombre y gestionar los cambios anímicos para que no les hagan daño.
Los adolescentes necesitan que sus padres y madres sigan siendo sus modelos y guías como cuando eran pequeños. Sentir a diario las muestras de afecto con abrazos, besos y palabras que les alienten, que les ayuden a capear el temporal por el que transitan y se conviertan en el mejor refugio que puedan tener cuando sientan inseguridad. Mostrémosles nuestro amor y cariño cuando menos lo merezcan porque es exactamente cuando más lo necesitaran
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-07-05/cinco-claves-para-transitar-por-la-sana-desobediencia-o-como-sintonizar-con-tu-hijo-adolescente.html#?rel=mas
sábado, 2 de mayo de 2026
‘Aborrescentes’: ¿por qué los padres tienen tanto miedo a la adolescencia?
Muchos adultos llegan a esta etapa cansados y la ven como un periodo negativo, pero hay que entender que es una época madurativa normal en la que es el momento de conocer y acompañar a los hijos
Tras nueve meses de embarazo, padres y madres tienen un hijo. Se sienten felices, aunque quizás algo abrumados por la responsabilidad. Los primeros meses son duros: establecer la lactancia, el sueño, lidiar con el llanto… Luego, según pasan las semanas, empiezan con la introducción de alimentos sólidos, con la elección de la escuela infantil o con el momento de quitar el pañal. Luego llega Primaria, los exámenes o los deberes… Hasta que, casi sin percatarse, un día su hijo ya no es tan pequeño. Ya es más alto que ellos; lleva zapatos más grandes; habla de una forma rara o se encierra en su habitación… Ella ha llegado: la temida y odiada adolescencia. ¿Será verdad que esta etapa vital acaba con el vínculo entre los progenitores y su descendencia?
Sara Desirée Ruiz, educadora social y especialista en personas adolescentes, está de acuerdo en que existe una imagen negativa alrededor de esta etapa, tanto que fue lo que la llevó a desarrollar su trabajo en las redes sociales para educar a los adultos. “Existe incluso un término peyorativo para dirigirse a los chicos y chicas en esas edades: aborrescente, algo que aborrece, que molesta”, ejemplifica. La experta añade que encuentra a muchos padres y madres que ansían que la adolescencia termine rápido, como si desearan librarse de algo malo: “Y eso es peligroso porque es justo en ese momento cuando se toman decisiones importantes para la vida adulta. Si no se les acompaña, no será posible ayudarles en esa transición”.
Para la jurista Laura Mascaró, madre de dos niños homeschoolers y autora del libro ¿Dónde crece el dinero?, la desconexión ocurre en el momento en que los hijos son escolarizados: “Cuando el niño entra en la escuela se separa de sus padres. Los progenitores pasan horas lejos de sus hijos, y así ocurre una desunión entre ellos. Es ahí cuando se siembran las condiciones que propiciarán el conflicto”, asegura. La idea de separación entre padres e hijos es defendida también por el docente estadounidense John Taylor Gatto, que dice en su libro Armas de Instrucción Masiva (2016) que los padres son estimulados a dejar a sus hijos en largas jornadas escolares para que ellos puedan alimentar la economía.
La visión negativa en torno de la adolescencia es fomentada, en gran parte, por los medios de comunicación, las redes sociales o, incluso, películas o serie. “Al final de la pandemia, cuando los jóvenes realizaban macrobotellones, muchos medios de comunicación les señalaron como los responsables que contribuían a la transmisión del virus. Sin embargo, muy pocos se preguntaron sobre sus necesidades. Las personas adolescentes sufrieron mucho con el confinamiento”, recuerda Ruiz.
En el siglo XXI, los jóvenes son vistos como ninis, pero antiguamente pasaban de la infancia directamente a la vida adulta. De ahí que exista la idea de que la adolescencia es una invención moderna. “En el siglo XVIII era normal ver capitanes del ejército menores de 18 años. Sin embargo, un chico de 15 años en 2022 está en una burbuja”, señala Mascaró. “Sigue siendo tratado como un niño pequeño”, prosigue, “pasa horas en el colegio y, por las tardes, sus padres le llevan a más clases de inglés, karate, piano… Los jóvenes no necesitan más clases de, pero sí realizar un trabajo”. Según explica esta experta, los adolescentes quieren sentirse útiles: “Sin embargo, no se les permite”. Además, la jurista defiende su inclusión en grupos de voluntariado o apuntarse a los Scouts para que sientan que cooperan, trabajan y ayudan con algún sentido.
No se permite a los chicos crecer cuando les toca y, a la vez, se empuja a los niños pequeños a hacerlo antes de tiempo. El sociólogo estadounidense Neil Postman escribía en su obra The Disappearance of the Childhood (La desaparición de la infancia, por su traducción al español) sobre la idea de la extensión artificial de los niños. Esta consiste en que los menores son forzados a abandonar la niñez de manera prematura al conocer la violencia, el sexo y otros temas del mundo adulto antes de estar emocionalmente preparados para ello, debido a su exposición a la televisión, que era creciente en 1982, época en la que Postman escribió su libro.
En la opinión de Ruiz, la adolescencia sí existe, y la entiende como una serie de transformaciones no solo físicas, también emocionales: “Está comprobado que ocurren una sucesión de cambios cerebrales. Se trata de un evento madurativo en que acontece una poda neuronal. Todas las personas adolescentes sienten miedos y el mal estar emocional, aunque dentro de circunstancias culturales distintas. La forma de sentir, de pensar y de relacionarse cambian. Son personas en desarrollo”.
Lo que tendrían que hacer los padres
¿Y qué se debe hacer como padres y madres de un chico que está entrando en la adolescencia? Para Ruiz es una etapa brillante, llena de oportunidades y sirve para asentar la base de la vida adulta: “Hay que vivirla con curiosidad y emoción. Es verdad que en muchas familias esta etapa vital pilla a los padres a una edad que ya se sienten cansados y deseando tranquilidad, pero lo que aconsejo es que aprendan sobre este momento que sus hijos están viviendo, se informen, pregunten”.
Por su parte, Mascaró invita a los progenitores a ignorar los mensajes que tildan la adolescencia como una enemiga; dar una oportunidad a la conexión familiar y extender la mano para conocer a su hijo: “Hay que ver al niño por quién es. Si no se sabe cómo, porque nos desconectamos de él en el pasado, pues es necesario conocerlo, reconectar y acompañarlo ahora”.
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/familia/2022-11-17/aborrescentes-por-que-los-padres-tienen-tanto-miedo-a-la-adolescencia.html#?rel=mas
La sobreprotección en la adolescencia cría hijos cobardes y pasivos.
No dejar que los jóvenes se equivoquen, se responsabilicen de sus tareas o solucionen a sus problemas, así como mostrar una preocupación excesiva por su seguridad o controlar sus relaciones personales, les impide desarrollar su autonomía y autoconfianza, cultivar su esfuerzo, paciencia y disciplina.
Qué complicado resulta en ocasiones para las familias con un hijo adolescente en casa darle la libertad y la autonomía que precisa para crecer. Regalarle el espacio que necesita para empezar a volar solo y conocer el mundo que le rodea como él desea. Permitirle que empiece a tomar sus propias decisiones, aunque cometa errores. Qué difícil resulta aceptar que un hijo o hija ha llegado a la adolescencia casi sin darnos cuenta. A los padres es habitual que el instinto les mueva a protegerles de situaciones retadoras que puedan ponerles en peligro o hacerles sentir mal. Sienten la necesidad de evitarles el sufrimiento, protegerles de posibles riesgos, rescatarles de emociones complejas o evitarles o evitarles que se frustren por miedo a dañar su autoestima. Una protección natural e instintiva que puede acabar siendo excesiva, limitando al joven más que ayudándolo.
Sobreproteger es proteger a un adolescente cuando no lo necesita y, normalmente, los padres y madres actúan movidos por los propios miedos, inseguridades o expectativas desacertadas. Un acompañamiento basado en la dependencia que lleva a no dejar que los hijos se equivoquen, que se responsabilicen de sus tareas o encuentren la solución a sus problemas, en ocasiones después de equivocarse o no conseguir lo que pretenden a la primera. Mostrando una preocupación excesiva por su seguridad, tendiendo a monitorizar las actividades que realizan o controlando las relaciones personales que establecen, llegando a colmarle de regalos que no necesita para que se sienta feliz, a cuidarlo de forma innecesaria o a alabar desmesuradamente sus cualidades olvidando sus defectos. Llegando a justificar las malas actitudes o los errores que comente para que no se frustre o tenga consecuencias negativas.
Las familias sobreprotectoras suelen ver riesgos donde no existen e intentan allanar el camino de sus hijos para que consigan todo aquello que desean por pavor a que sufran o se frustren. Una hiperprotección que impide a los adolescentes aprender y desarrollar las habilidades y competencias esenciales para su desarrollo integral, convirtiéndoles en agentes pasivos que esperan que sean sus padres los que solucionen los problemas o contratiempos. Un proteccionismo que le roba al adolescente la posibilidad de desarrollar su autonomía y autoconfianza, que le impide cultivar su esfuerzo, paciencia y disciplina. Que pueda descubrir sus fortalezas, trabajar las debilidades y buscar soluciones creativas a las dificultades.
Un joven sobreprotegido tendrá pánico al error, no será capaz de responsabilizarse de sus obligaciones ni modular y gestionar correctamente sus emociones. Se sentirá ansioso, deprimido e incapaz de hacer frente a las situaciones estresantes, y ante cualquier obstáculo se desmotivará con facilidad y se sentirá desvalido pudiéndose convertir en un pequeño tirano dependiente y muy influenciable. Tendrá, además, muchas dificultades para mantener una buena relación con sus iguales, pudiendo mostrar conductas erróneas para llamar la atención de los demás.
Con este acompañamiento tan proteccionista lo único que conseguimos es desprotegerle para la vida. El adolescente necesita protección, qué duda cabe, pero una protección adecuada a su edad y a sus necesidades educativas, sociales y emocionales. La mejor forma que tienen las familias de preocuparse por el bienestar y la seguridad de su hijo es encontrando un equilibrio entre la protección y la independencia. En este período de desarrollo tan convulso y repleto de cambios físicos, psicológicos, sociales y emocionales, el joven necesita sentirse capaz, libre y autónomo para poder explorar con independencia nuevas experiencias, construir y definir una nueva identidad, para decidir lo que le conviene o no y elegir lo que le hace o no feliz.
Necesita a su lado adultos que le muestren su confianza, que le animen a marcarse objetivos, que le regalen el tiempo que necesita para aprender. Que le recuerden a diario que la vida se compone de aciertos y desaciertos y que están a su lado sin condición.
Tres claves para dejar de proteger a un adolescente
- Permitir que tome decisiones es una excelente forma de fomentar la independencia. Dejar que tropiece, que pruebe y cometa errores aunque no haga las cosas bien a la primera. Que se enfrente a la frustración y se responsabilice de las consecuencias de sus elecciones.
- Potenciar su autoconfianza para que sienta seguridad en sí mismo haciendo crecer así su autoestima. Cuando un joven se siente seguro es más probable que asuma riesgos de forma responsable y sea capaz de resolver los problemas que vayan apareciendo. Ayudarle a reconocer sus fortalezas y a establecer metas realistas y alcanzables potenciará sus ganas de aprender y mejorar a diario.
- Permitirle explorar cosas y lugares nuevos, conocer a nueva gente, aprender de manera autónoma siendo consciente de los pros y contras de sus conductas y decisiones. Establecer en casa límites claros y consensuados ayudará al adolescente a desarrollar el espíritu crítico, la escucha consciente y el autocontrol.
Allanarle la vida a un adolescente no es la mejor manera de quererle. El joven necesita equivocarse, probar, desarrollar estrategias que le permitan llegar a ser un adulto comprometido y que se sienta con la capacidad de hacer frente a todos los desafíos que le deparará la vida.
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2023-10-04/la-sobreproteccion-en-la-adolescencia-cria-hijos-cobardes-y-pasivos.html
viernes, 10 de mayo de 2024
Cinco formas de fortalecer un vínculo seguro con tu hijo para que sea más feliz
Los padres y madres deben establecer sobre su hijo unas perspectivas adecuadas que le hagan sentir que confían en él, que le quieren sin condiciones y que le animan a ser valiente
Todos los seres humanos necesitan sentirse queridos y aceptados. Vinculados afectiva y emocionalmente a las personas con las que conviven: que les cuidan, protegen y les muestran a diario su afecto. Un apego que les proporciona bienestar y que es imprescindible para que puedan entender el mundo que les rodea y gestionar adecuadamente las emociones. Este apego se convierte en una zona segura y confortable donde las personas pueden desarrollarse con calma y confianza. Ese lugar donde se siente el amor y el apoyo, donde todas las necesidades básicas quedan cubiertas y las posibles amenazas están controladas. Un espacio cálido donde pueden ser tal y como son sin miedo a ser juzgados.
En el caso de los niños, el apego seguro es la relación que establecen desde el momento de su nacimiento con sus padres o cuidadores de referencia que les ofrecen la seguridad, comprensión y confianza que necesitan para construir una buena autoestima, aprender a relacionarse con los demás y entender un mundo que, a veces, va demasiado deprisa. Todos los niños nacen con un instinto irrefrenable de apegarse a un adulto para le ayude y atienda todo aquello que precisan.
No se debe creer que establecer un apego seguro generará una relación de dependencia entre padres e hijos. Si no todo lo contrario, este apego basado, en la protección y la confianza, potenciará la autonomía del niño a través de la exploración y la creatividad. Cubrir las necesidades no significa que se deba satisfacer todos sus deseos o caprichos o que pueda hacer siempre lo que le apetezca. Este apego le permitirá aprender a responsabilizarse de sus tareas, a tener iniciativa personal y a asumir las consecuencias de sus conductas y actos.
Un adolescente que ha crecido con un apego seguro habitualmente tiene mejor capacidad para aprender, mayor facilidad para adaptarse al entorno, desarrollar sus habilidades sociales y hacer frente a los problemas considerando el error como parte esencial del proceso de aprendizaje. En cambio, si el joven no ha crecido con este tipo de apego se mostrará muy dependiente del adulto, inseguro y tendrá muchas dificultades para tomar decisiones y a todo aquello que siente.
Algunas pautas que los padres puedan utilizar para generar vínculos de afecto y seguridad con sus hijos son:
- Respetar, legitimizar y acompañar desde la empatía todas las emociones que sienten sin cuestionarlas ni etiquetarlas. Enseñando a identificarlas y regularlas correctamente. Acompañando la rabia, el miedo o la frustración con empatía y grandes dosis de comprensión.
- Pasar tiempo de calidad con ellos para poder crear vínculos estables, fomentando así la comunicación asertiva y respetuosa. Mostrar interés por todo aquello que les guste, interese o preocupe compartiendo momentos de juego y tiempo libre. Estos instantes distendidos serán claves para la construcción de un apego sólido que dure en el tiempo.
Explicitar a diario el afecto a través de los abrazos, las caricias, los besos, y palabras de aliento. Sin condicionar el amor o apoyo en función de los resultados académicos que obtengan o de si el comportamiento es adecuado o no.
- Aceptar a su hijo tal y como es con sus virtudes y defectos, haciéndole saber que sus padres y madres le aman por lo que es y no por lo que hace o consigue. Establecer sobre él unas perspectivas adecuadas que le hagan sentir que confían en él, que le quieren sin condiciones, que le incitan a ser valiente. Mostrar una actitud abierta a escuchar, dialogar y solucionar conflictos desde el respeto.
- Ser adultos coherentes entre lo que se dice y se hace. Establecer y consensuar límites claros y estables estando presentes y disponibles en sus vidas.
Si se quiere que un hijo sea feliz y se desarrolle adecuadamente, este necesita tener a su lado unos progenitores que le acompañen desde el respeto y la comprensión. Que le apoyen cuando las cosas no vayan bien y le animen a esforzarse y trabajar de forma exigente para poder conseguir todo aquello que desee. Como decía el psiquiatra canadiense Eric Berne: “La mirada de una madre o un padre es lo que convierte a un joven en un verdadero triunfador.”
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2023-01-27/cinco-formas-de-fortalecer-un-vinculo-seguro-con-tu-hijo-para-que-sea-mas-feliz.html#?rel=mas_sumario
Cómo y cuándo hablar con nuestras hijas de la sexualidad femenina sin tabúes
Llega la pubertad y las inevitables preguntas sobre el desarrollo que tienen las adolescentes. ¿Cómo explicarles de una manera sencilla y clara lo que les está pasando?
Llega la pubertad y las inevitables preguntas sobre el desarrollo que tienen las adolescentes. ¿Cómo explicarles de una manera sencilla y clara lo que les está pasando? Miriam Al Adib Mendiri, ginecóloga y madre de cuatro hijas, considera que no se trata de una fórmula mágica de sentarse a hablar un día D a la hora H ya que, según explica, es mucho más sencillo.
“Normalmente las niñas y las adolescentes están preparadas para recibir explicaciones cuando ellas mismas hacen las preguntas. Pero para que se atrevan a preguntar es necesario haber crecido en un entorno amoroso y seguro, un clima libre de coacción y tabúes, donde hayan disfrutado de una sana comunicación y confianza con sus progenitores”, sostiene la experta. “Desde el principio”, prosigue, “es necesario tener naturalidad, es decir, llamar a cada parte del cuerpo por su nombre, responder con sinceridad a sus preguntas desde que son pequeñas (nada de cuentos de cigüeñas que traen bebés), no estigmatizar la natural tendencia al autoconocimiento y autoplacer (desde la infancia es normal que se toquen o se masturben, solo hay que decirles que lo hagan en su intimidad, pero nunca darles a entender que esto sea malo) y, sobre todo, hablar de los cambios del cuerpo antes de que estos se produzcan”.
Pero más importante que lo que decimos, es lo que hacemos y cómo somos: “No se suele hablar del impacto que tiene para la adolescente la relación que tiene su madre con su propio cuerpo. Si la madre está todo el día transmitiendo mensajes negativos como odio mi cuerpo, estoy gorda, me hago vieja y fea, qué asco tener la regla, no soporto el vello o si trata cosas tan normales como la regla o la desnudez con tabúes (por ejemplo, si le pilla la hija cambiándose de compresa y en lugar de aprovechar para explicarle qué es la regla cierra rápido la puerta como si tuviera que esconder algo malo), … La niña estará captando el mensaje de que ser mujer es de lo peor y que tenemos muchas cosas feas que hay que ocultar”, sostiene la experta. Ante este panorama, según continúa, “sería muy normal que cuando empiecen sus cambios en su cuerpo repita los mismos tabúes y este odio contra su cuerpo. En cambio si la madre tiene una buena relación con su cuerpo, buena autoestima, no tiene tabúes, vive sus procesos sexuales y reproductivos de forma sana, tiene buena comunicación con su hija y siempre le ha respondido a sus preguntas con naturalidad, todo esto tiene mucho más poder que darle largas parrafadas cuando llega la adolescencia”.
La vagina, esa gran misteriosa
Todo tipo de apodos por no decir su nombre como si ello fuese una vergüenza. Pero no solo eso, sino transmitir información errónea o directamente no transmitirla. “Parece mentira que en el año 2021 muchas madres no sepan afrontar una explicación sencilla y natural, pero a la vez seria sobre las vaginas y todo lo que ello conlleva: sus partes, no es lo mismo la vagina que la vulva, el vello púbico, el funcionamiento de la regla, la mucosidad en la ovulación y sobre todo el tabú de los tabúes: que no se sientan avergonzadas de su sexo”, se lamenta la doctora.
Y la pregunta que muchas madres se pueden estar haciendo al leer esto es ¿cómo explicar con esa naturalidad, entonces, lo importante? “Pues con eso, con naturalidad, confianza y buena comunicación desde la infancia y no tener tabúes porque si no hay un clima de confianza y libre de tabúes no se atreverán a preguntarnos, y el problema de esto es que buscarán información sobre sus inquietudes en internet, donde todo lo que se refiere al sexo va en la línea del porno y esto hace muchísimo daño”, advierte. Acaban creyendo, continúa, “que la realidad del sexo es que las mujeres no somos sujetos sino objetos sexuales, que las vulvas son rosas, con labios menores muy pequeños y vulvas sin pelos, que tratar a una mujer como una cosa es normal, que la hipersexualización de la mujer es lo más de lo más, toda esa violencia se va interiorizando y muchas jóvenes acaban teniendo serios problemas de vergüenza, frustración, culpa… por no poder entrar en ese estereotipo de mujer lineal e hipersexualizada que se nos vende por todas partes”, advierte.
Miriam Al Adbiri es autora del exitoso libro Hablemos de Vaginas, un título que, por increíble que parezca, todavía sigue escandalizando.“Parece increíble, pero sí, hasta me han censurado varias veces la portada del libro en redes sociales, no se censuran las barbaridades que dicen con ciertos comentarios y canciones de adolescentes en las redes donde literalmente se cosifica y veja a las mujeres hasta el extremo y en cambio se censura la portada de un libro por el hecho de poner la palabra “vagina” y tener un dibujo que no es más que una alegoría de la entrada a la vagina, ni siquiera se ven los genitales de forma realista”, se lamenta. “Lo mismo me ha pasado con la portada de mi nuevo libro Hablemos de nosotras. Reflexiones de una ginecóloga rebelde, donde se hay un dibujo donde se ve un simple pezón”.
La ginecóloga tiene una intensa actividad en Instagram y ha repetido por activa y por pasiva que la higiene de la vulva no pasa por sacarle brillo y la razón de esto es porque el PH tiene su función. “Existe la idea generalizada (muy alimentada por la industria de la higiene íntima) de que los genitales huelen mal y que hay que utilizar productos de todo tipo para estar limpias. Hasta hay quienes creen que la depilación integral de la vulva es buena por higiene (evidentemente no me meto en eso de depilar sí o no, cada cual que haga lo que quiera, pero si lo haces no lo hagas por higiene ni por vergüenza, no es mejor para la higiene y nada en tu cuerpo debería ser motivo de vergüenza)”. La vagina (que es ese tubo elástico que llega hasta el útero), continúa, “no se debe lavar por higiene, las duchas vaginales son contraproducentes y la vulva (la parte que vemos por fuera) no requiere de ningún producto especial para la higiene. La microbiota y el pH de la zona vulvar y de la vagina se pueden alterar cuando utilizamos jabones y productos no adecuados para la zona, también con el rasurado integral. Todos ellos, precisamente, favorecen más las infecciones”, advierte.
Primera visita a la ginecóloga de una adolescente. ¿Cuándo y en qué consiste? De
Habría que hacer esta visita en cualquier momento que hubiera algún problema que requiera valoración ginecológica (puede ser necesario cuando hay exceso de sangrado menstrual, dolor intenso, infecciones vaginales de repetición, etc). En caso de no tener ningún problema, se recomienda una primera visita cuando se inicia la actividad sexual. “Normalmente en esta primera visita no solo nos centramos en la parte médica como tal, sino que aprovechamos para hacer educación sexual, hablamos de cómo protegerse de las ITS o embarazos no deseados. Es también un buen momento para aclararles sus inquietudes, preocupaciones o problemas derivados de las relaciones sexuales y de cómo se relacionan con sus parejas”, explica la ginecóloga. Para evitar que entren en situaciones de vulnerabilidad y abuso debería haber una educación sexual de calidad que aborde estos temas, “y esto no es solo para una consulta de ginecología, pues ahí deberíamos estar todos a una: sus padres, profesionales de la salud, profesionales de la educación, toda la sociedad entera. Aunque me temo que de momento esto es un poco utópico”, sostiene.
Según la experta, una niña no puede haber pasado toda la infancia sin hablar de absolutamente nada de sexualidad con su madre y de repente un buen día al llegar a la adolescencia decirle “Pepita, hija, tenemos que hablar sobre cómo evitar una ITS” y ni mucho menos decir en tono amenazante cosas como “mucho cuidadito con lo que haces” como si el sexo fuera algo malísimo. “La sexualidad como bien dice la OMS es inherente al ser humano desde que nace hasta que muere”, prosigue. “En las primeras etapas de la vida y en la infancia es importante desarrollar lo que llamamos un apego seguro con la madre, ya que se ha demostrado a través de numerosos estudios que un apego seguro favorece el neurodesarrollo del bebé, repercutiendo positivamente en su salud mental futura y por ende en su salud psicosexual, es decir, favorecerá que en su etapa adulta disfrute de una sexualidad sana, con vínculos saludables y relaciones simetrías libres de abusos”, argumenta. En este contexto donde se ha disfrutado de una infancia amorosa, con una buena base segura donde hay confianza y comunicación y donde no se les ha generado tabúes, “saldrá de forma espontánea y natural el momento idóneo para hablar de este tema concreto de la prevención de enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados”.
La ginecóloga incide en que hay que insistir en que el preservativo hay que ponerlo desde el principio hasta el final, que no se la pueden jugar en esto, y que si dan con alguien que se niega a usarlo nunca jamás cedan en esto. “No hace mucho salió un adolescente muy mediático jactándose diciendo que él engaña a todas diciéndoles que es estéril y que no le hace le falta usar preservativo. Esto es gravísimo (de hecho legalmente es un delito), hay que explicárselo todo esto muy bien para que sean conscientes de lo que puede suponer hacer estas cosas sin pensar, y que aunque tomen anticonceptivos siempre deben usar el preservativo porque no solo hay que evitar embarazo sino también las ITS”, concluye rotunda.
Prevención de embarazos
Depende de cada caso. "En la consulta me encuentro de todo en estas edades. El caso ideal que me encanta encontrarme en la consulta es el de algunas chicas que no tienen tabúes y que además son muy responsables. Algunas de ellas acuden a la consulta con sus madres, con las que tienen mucha confianza, y ahí hablamos abiertamente de todo, no solo de la forma de protegerse de embarazos e ITS sino también de lo importante que es no dejarse atrapar por esos estereotipos donde las mujeres somos objetos de placer, hablamos de lo que son relaciones afectivas sanas y lo que no", explica.
"Otras veces", prosigue, "vienen solas, se quedan sus madres fuera porque les da vergüenza. Y hablamos también de todo esto".
"También me encuentro con chicas muy jóvenes que tienen relaciones, pero que no las disfrutan y están muy frustradas. A pesar de que hoy hay mucha información y tienen sexo muy fácil, hay muchas disfunciones sexuales y las causas son muchas, pero casi siempre hay detrás una pobre educación sexual, complejos y una idea de que el sexo y las relaciones afectivas son como lo que sale en las pelis románticas donde ellas ni pinchan ni cortan y que el sexo es como lo que sale en el porno donde ellas son objetos", concluye la ginecóloga.
Fuente: https://elpais.com/mamas-papas/familia/2021-09-24/como-y-cuando-hablar-con-nuestras-hijas-de-la-sexualidad-femenina-sin-tabues.html#?rel=mas
domingo, 10 de marzo de 2024
Prevención del consumo de drogas en adolescentes: consejos para padres y madres
Pasar tiempo todos los días con nuestros hijos en un contexto sin distracciones permite construir desde la infancia múltiples factores de protección, según los expertos.
La prevención comienza en casa
La mayoría de los padres que estén leyendo esto pensarán que su hijo ‘no va a ser de esos’. Ese pequeño encantador y charlatán o esa cría divertida y cariñosa no pueden transformarse en solo unos años en alguien, casi, desconocido para el progenitor. Y es muy probable que sea cierto. Pero nadie está a salvo de una mala adolescencia. Los expertos recomiendan no esperar a que existan problemas para tratar de atajarlos, sino prevenirlos desde la infancia intensificando esfuerzos en la preadolescencia. Fernández-Artamendi aconseja una estrategia muy sencilla y eficaz: “Pasar una hora todos los días con ellos en un contexto sin distracciones (televisión, móviles); por ejemplo, la hora de la cena. Permite construir desde la infancia múltiples factores de protección relacionados con la supervisión parental: una relación de confianza, un mejor apoyo familiar percibido, desarrollo de habilidades sociales… De esta forma, cuando los problemas surjan en la adolescencia, será más fácil detectarlos de forma temprana y la relación establecida hará más fácil poder resolver los problemas de forma efectiva y sin (muchos) conflictos”.
Alemany se refiere a Factores de Protección. “Desde diferentes ámbitos se puede potenciar el desarrollo de este tipo de factores o habilidades para la vida que protegen frente a los consumos”. Se refiere a transmitir valores y actitudes positivas hacia la salud, claro. Pero también a ayudarles a crear su propia personalidad: “Fomentar la capacidad para tomar decisiones, la responsabilidad, enseñar habilidades para combatir la presión de grupo, la presión social hacia los consumos, crear un agradable clima familiar, transmitir un compromiso con la comunidad”. Por otro lado, la directora técnica de la FAD se muestra favorable a dar una información clara y objetiva sobre lo que son las drogas y sus efectos. “Si no lo hacemos por miedo a despertar curiosidades, estaremos fomentando esa curiosidad, y además nos arriesgaremos a que se busque esa información a través de otras fuentes, quizás no lo suficientemente preparadas”, como los amigos, Internet o películas que dan una imagen distorsionada.
Y en caso de que tengamos la intuición o la certeza de que algo está pasando y que se nos está yendo de las manos, hay que actuar y no dejar que el conflicto se cronifique. “Es preferible responder de forma temprana, y que el psicólogo nos dé algunas pautas ‘básicas’, que esperar en exceso. Es frecuente que en la clínica se reciban familias con múltiples problemas con sus hijos/as tras llevar años arrastrando conflictos”. Como en todo, lo difícil es mantener el equilibro: “Es importante tener en cuenta la edad que tienen y que no “patologizar” conductas que por otra parte pueden ser habituales o típicas en adolescentes, al menos en nuestra cultura”, añade Fernández-Artamendi.
Dos caras de la misma moneda
Todo esto hay que manejarlo teniendo en cuenta que en la adolescencia afloran muchos problemas de salud mental. El profesor de la Universidad Loyola afirma que “pueden ser problemas más o menos comunes en adultos, pero pueden enquistarse e incluso agravarse durante la infancia y adolescencia”. Hablamos de síntomas de ansiedad, tristeza, síntomas psicóticos, problemas alimentarios, pensamientos de tipo obsesivo-compulsivo, conductas antisociales.
Pues bien, estas patologías mentales tienen una relación muy estrecha con el consumo de sustancias nocivas. Sergio Fernández-Artamendi “Un chaval joven con ciertos problemas de salud mental tiene más probabilidad de utilizar sustancias o de desarrollar conductas adictivas como forma desadaptativa de lidiar con ese malestar psicológico, y probablemente de derivar en un consumo problemático. De la misma forma, el consumo de sustancias y las conductas adictivas pueden generar pensamientos, emociones y consecuencias psicosociales negativas que deriven en problemas de salud mental como ansiedad, depresión, etc. A menudo, esta relación es interactiva”. O de “influencia mutua”, como dice Eulalia Alemany.
La Directora Técnica de la FAD hace hincapié en “el consumo extendido y normalizado del cannabis en la población adolescente”. Esta sustancia puede suponer “trastornos mentales psicóticos, aunque parece que para que se den tiene que haber cierta predisposición genética en la persona”. En cualquier caso, “algunos expertos indican que la mayoría de los ingresos de adolescentes por trastornos psicóticos tienen asociado un consumo de cannabis”. Siempre teniendo en cuenta que la relación causa-efecto no está demostrada.
En parte se puede decir que es un poco como el dilema del huevo y la gallina. No siempre es fácil saber qué empieza antes. Pero sí que “todos los consumos de drogas pueden desencadenar un trastorno mental o agravar uno ya preexistente”, confirma Alemany. Es decir, hay que estar atento a si los chicos consumen. Pero también a si tienen algún tipo de problema de salud mental previo.
https://elpais.com/mamas-papas/2021-06-30/prevencion-del-consumo-de-drogas-en-adolescentes-consejos-para-padres-y-madres.html#?rel=mas



